.
Un memorándum que ridiculiza a Trump
El memorando de entendimiento firmado el 17 de junio de 2026 entre Estados Unidos e Irán no pone fin a ningún conflicto ni resuelve ninguna de las contradicciones fundamentales que condujeron a la guerra. Más bien demuestra la capacidad del estado iraní para bloquear el estrecho de Ormuz e infligir daños a los estados del Golfo aliados de Estados Unidos, mediante el uso de armas de bajo costo.
Las fluctuaciones en los mercados de energía y materias primas, las interrupciones en las cadenas de suministro internacionales y la incertidumbre en los mercados financieros han afectado a muchos países. Al igual que crisis anteriores, este conflicto ha puesto de manifiesto la profunda e ineludible interdependencia de la economía capitalista mundial.
Ni el imperialismo estadounidense ni los líderes sionistas de Israel lograron forzar la rendición de Irán. Sin embargo, la burguesía iraní también ha salido debilitada de este conflicto. La considerable destrucción de infraestructuras, la conmoción económica y las dificultades sufridas por la población agravaron la crisis económica y social ya existente.
Este memorándum ni siquiera es un verdadero tratado de paz. Se trata de un intento de congelar un conflicto cuya continuación habría conllevado riesgos considerables para todas las partes involucradas. El gobierno de Estados Unidos lo que desea es evitar la movilización de más recursos militares y financieros, así como limitar el aumento de la inflación interna.
Ante la proximidad de las elecciones, el gobierno republicano necesita proyectar una imagen de éxito político. El imperialismo estadounidense debe demostrar a sus aliados y rivales que las intervenciones militares pueden lograr resultados tangibles. Por su parte, Teherán no puede permitirse, en términos de política interna, parecer la parte perdedora. Por lo tanto, cualquier acuerdo debe presentarse de forma que sea compatible con la reivindicación de soberanía nacional.
Todo esto hace del memorándum un pacto extremadamente frágil. Los principales puntos de controversia —las sanciones, el programa nuclear, las esferas de influencia regionales y las capacidades militares— no se han resuelto, sino que simplemente se han pospuesto a las negociaciones que se llevan a cabo en Suiza desde el 21 de junio, sin la participación del Líbano, Arabia Saudí ni la Unión Europea. Y si bien los representantes estadounidenses suelen dar la impresión de que las negociaciones avanzan favorablemente, los iraníes insisten repetidamente en que persisten cuestiones cruciales sin resolver.
El fracaso de la agresión israelí y estadounidense
Las operaciones militares llevadas a cabo en los últimos meses han demostrado una vez más que la superioridad militar por sí sola no basta para lograr soluciones políticas. Ciertamente, Estados Unidos sigue poseyendo las fuerzas armadas más poderosas del mundo. Su arsenal nuclear, su fuerza aérea, su armada y su red mundial de bases militares siguen siendo inigualables. Sin embargo, Washington no ha logrado, mediante ataques aéreos y presión militar, los resultados políticos que inicialmente se esperaban.
El principal objetivo estratégico era debilitar decisivamente la posición regional de Irán y limitar su capacidad para actuar como actor independiente en Asia Occidental. A pesar de los considerables daños sufridos, este objetivo no se logró. El poder estatal iraní se mantuvo intacto. No hubo ni un colapso del régimen ni un cambio fundamental en el equilibrio de poder regional.
La burguesía israelí tampoco ha logrado sus objetivos. La idea de conseguir una neutralización duradera de Irán mediante la presión militar ha demostrado, una vez más, ser una ilusión. Las causas estructurales de la rivalidad regional permanecen inalteradas. Ni siquiera Hezbolá ha sido erradicado del Líbano.
En Irán, las protestas antigubernamentales han cesado y un sector de la población ha cerrado filas tras el régimen. Para defenderse, el régimen clerical optó en su momento por desarrollar armas nucleares (al igual que Israel y Pakistán antes que él, pero éstos con la aprobación de Estados Unidos) y apelar al sentimiento religioso. Pero ahora ha perdido su influencia en Siria, que parece estar fuera de su alcance, la fuerza de Hamás se ha debilitado, la jerarquía política y militar ha sido decapitada y la destrucción es inmensa. La economía iraní sigue sufriendo las consecuencias de las sanciones y el militarismo, de la inflación, de la corrupción, del cambio climático…
Las clases dominantes no son precisamente las que soportan la mayor carga, sino los trabajadores, los desempleados, los campesinos pobres… Para ellos, la guerra ha significado el miedo a los bombardeos, un aumento del coste de la vida, una mayor inseguridad social y una nueva ola de represión.
Tras haber aprendido de la desmembración del Líbano, Irak y Siria, el estado burgués persa, al no poder movilizar a los trabajadores de la región, y mucho menos a los de Estados Unidos o Israel, sigue queriendo dotarse de armas nucleares para asegurar su supervivencia. La burguesía iraní ya está intentando trasladar la carga de la reconstrucción a la clase trabajadora. Las medidas de austeridad y los ataques a los derechos sociales las presenta como pasos necesarios para restablecer la estabilidad económica.
El debilitamiento del dominio estadounidense
Las revoluciones china, cubana y vietnamita, así como el colapso en 1971 del sistema monetario surgido de los acuerdos de Bretton Woods, ya habían puesto de manifiesto los límites del poder estadounidense. Las derrotas en Afganistán y el fracaso en Irak ya habían demostrado que ni siquiera una superioridad militar abrumadora podía garantizar una dominación política estable.
Sin duda, Estados Unidos sigue siendo la principal potencia del capitalismo mundial. Ningún otro estado imperialista posee actualmente capacidades económicas y militares comparables, ni una red similar de alianzas políticas y militares. Sin embargo, ya no es hegemónico dentro del sistema imperialista mundial, que se ha visto alterado por la restauración capitalista de 1992 en Rusia y China y, con ello, por el surgimiento de nuevas potencias imperialistas destinadas a desafiarlo.
En el plano interno, y a pesar de sus numerosos ataques a las libertades democráticas, Trump carece de los medios políticos para imponer a la clase trabajadora y a la pequeña burguesía estadounidenses, en gran medida hostiles a la guerra, una invasión de Irán con tropas terrestres que generaría pérdidas inevitables.
El imperialismo estadounidense se enfrenta hoy a una situación que lo obliga a estar presente simultáneamente en varias áreas estratégicas. La necesidad de contener el imperialismo ruso en Europa, de intimidar y subyugar en Asia Occidental y América Latina, y la rivalidad con el imperialismo chino en la región del Indo-Pacífico, movilizan considerables recursos.
A esto se suman las crecientes restricciones económicas. La elevada deuda pública, la inflación, la persistencia del déficit comercial a pesar de las medidas aduaneras y el creciente costo de las intervenciones militares limitan el margen de maniobra de la clase dirigente. La polarización política dentro de la burguesía estadounidense se ha intensificado progresivamente en los últimos años. La guerra contra Irán no ha sido el origen de estas tensiones, pero sí las ha exacerbado. Dentro de la clase dirigente, existen opiniones divergentes sobre política exterior (y nacional).
Mientras las políticas de la administración Trump daban frutos en Siria y Venezuela, mientras los grupos capitalistas europeos invertían en Estados Unidos y mientras Ucrania aceptaba el saqueo de sus recursos naturales, la división dentro de la burguesía estadounidense se mantuvo contenida. Ha resurgido con el fiasco en Irán. Las controversias en los servicios militares y de inteligencia, en los medios de comunicación, entre los partidos republicano y demócrata, y dentro de cada partido burgués, giran en torno a visiones divergentes sobre la forma más eficaz de defender los intereses de las grandes empresas estadounidenses: el papel de la «inteligencia artificial», la política migratoria, el grado de proteccionismo, la elección de alianzas y la definición de prioridades geográficas y militares.
La impotencia del imperialismo chino
La guerra contra Irán no solo ha debilitado el imperialismo estadounidense, también ha beneficiado a su principal rival. La política exterior de China no se rige por principios antiimperialistas, como creen quienes siguen considerando a China un "estado obrero" o un país capitalista dominado. Hoy en día, la burguesía china exporta capital a gran escala, compra tierras agrícolas, emprende importantes proyectos de infraestructura en varios continentes, desarrolla su flota militar y establece bases militares (Mar de China Meridional, Yibuti, etc.).
Durante todo el conflicto, la República Popular China no se ha alineado con Irán ni militar ni políticamente. A pesar de los estrechos lazos económicos y las importantes inversiones, Pekín se ha limitado a declaraciones diplomáticas, llamamientos a la estabilización y esfuerzos de mediación. Ha considerado que una confrontación militar es prematura.
Pero al mismo tiempo, el imperialismo chino se ha beneficiado objetivamente de las consecuencias de la guerra. Cualquier conflicto que obligue a Estados Unidos a movilizar recursos militares y diplomáticos adicionales en Asia Occidental reduce su margen de maniobra en otras regiones. Esto es especialmente cierto en Asia Oriental y Oceanía, donde la rivalidad entre Washington y Pekín se está intensificando.
En particular, es de importancia respecto a Taiwán, cuyo derecho a la autodeterminación le importa tan poco a China como el de Palestina a todas las potencias imperialistas, el de Irán al estado estadounidense, el de Ucrania al estado ruso, el de Nueva Caledonia al estado francés, el de Groenlandia al estado danés o estadounidense...
Al mismo tiempo, la guerra también ha puesto de manifiesto las limitaciones de la burguesía china y de su estado. El bloqueo del estrecho de Ormuz ha demostrado claramente hasta qué punto la economía china sigue dependiendo de la estabilidad de las rutas comerciales y energéticas internacionales, mientras que se desacelera su crecimiento y persiste la crisis inmobiliaria. Una guerra regional a gran escala habría tenido importantes repercusiones en el suministro energético de China y, por lo tanto, habría socavado los intereses fundamentales de su clase dirigente.
Por un lado, el imperialismo chino se beneficia del relativo debilitamiento político de su rival estadounidense. Por el otro, es incapaz de proteger a sus aliados y sigue profundamente implicado en las inestabilidades del sistema capitalista mundial.
La brecha entre Washington y Tel Aviv
Una de las principales lecciones políticas que se pueden extraer de esta guerra reside en la diferencia, ahora más evidente, entre los intereses del imperialismo estadounidense y los de los líderes sionistas de Israel.
Esto no supone una ruptura entre Estados Unidos e Israel. La alianza estratégica perdura y sigue siendo un pilar fundamental de la política estadounidense en Oriente Medio. Israel continúa siendo el principal aliado regional de Washington. Sin embargo, sería erróneo presentar los intereses de ambos estados como idénticos.
La burguesía israelí depende de Estados Unidos en un grado que prácticamente ningún otro aliado de Washington alcanza. Los sistemas de armas modernos, la munición, los repuestos, el reconocimiento satelital, la inteligencia, el apoyo diplomático y la ayuda financiera son condiciones indispensables para mantener la superioridad militar de Israel.
Sin el apoyo del imperialismo estadounidense, los líderes sionistas no podrían mantener su papel actual en la región. Por lo tanto, una ruptura estratégica con Washington está fuera de su alcance.
Es precisamente por eso que estas diferencias no se traducen en enfrentamientos abiertos, sino en tensiones políticas permanentes. Para el imperialismo estadounidense, la región de Asia Occidental ya no tiene la misma importancia crucial que tuvo durante la Guerra Fría o el período inmediatamente posterior a la guerra.
Esto ha genera interés en la estabilización regional controlada. El imperialismo estadounidense busca debilitar a Irán sin verse envuelto en una guerra regional interminable.
Para un amplio sector de la burguesía israelí, la situación es diferente. En su opinión, el debilitamiento sostenido de Irán sigue siendo una necesidad estratégica inmediata. Por lo tanto, cualquier fase de distensión se ve con escepticismo. Muchos líderes políticos y militares israelíes intentan sin cesar presionar a Washington para que adopte una política más agresiva hacia Irán.
En consecuencia, esta relación se asemeja menos a una de subordinación total que a una alianza asimétrica. El socio más fuerte determina la dirección general, mientras que el más débil intenta influir en la política de la alianza en beneficio propio.
Las monarquías del Golfo están sujetas a las decisiones de Washington
La guerra también ha puesto de manifiesto las posiciones contradictorias de las monarquías absolutas y clericales del Golfo.
Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y otras monarquías de la región siguen estrechamente vinculadas al imperialismo estadounidense.
Sus sistemas de seguridad, estructuras militares y gran parte de su orientación económica continúan centradas en Washington.
Al mismo tiempo, estos mismos regímenes han fortalecido sus relaciones con China en los últimos años y algunos han intentado acercarse con cautela a Irán.
Esta orientación refleja sus intereses de clase. Las dinastías gobernantes del Golfo se benefician de su papel como explotadoras despiadadas de trabajadores migrantes (empleados domésticos y obreros de India, Filipinas, Nepal, Bangladesh, etc.), exportadoras de energía, centros financieros e intermediarias en los flujos internacionales de capital. Por lo tanto, tienen un interés particular en limitar las guerras regionales en la medida de lo posible y deben lidiar con una población hostil al genocidio de los palestinos.
La agresión militar lanzada por Israel y Estados Unidos sin consultarlos, el bloqueo del estrecho de Ormuz por parte de Estados Unidos e Irán, y los bombardeos de Irán que han sufrido (especialmenre los Emiratos Árabes Unidos, que han apoyado la guerra estadounidense) han demostrado la verdadera vulnerabilidad de su posición. Una guerra prolongada no solo habría afectado a Irán y Estados Unidos, sino que también habría tenido repercusiones directas en los cimientos económicos de las propias monarquías.
Esto explica su apoyo a los acuerdos de alto el fuego y al memorándum. Pero el memorándum, del que fueron excluidos, no resuelve nada.
La crisis del sistema de alianza "occidental" y el declive de la OTAN
La intervención ha exacerbado significativamente las tensiones entre Estados Unidos y sus aliados europeos. En la retórica política de la administración Trump, los estados europeos fueron criticados repetidamente por eludir la lógica de confrontación militar de Washington, al tiempo que se beneficiaban de las garantías de seguridad estadounidenses. Estas tensiones no son simplemente una cuestión de comunicación, sino la expresión de una asimetría estructural dentro del imperialismo occidental.
La ONU solo ha servido para legitimar la partición de Palestina, la guerra imperialista en Corea contra la revolución china, las "sanciones contra Irán"...
Las instituciones capitalistas de cooperación interestatal (el Banco Mundial, el FMI, la OMC, etc.) se están debilitando. La OTAN sirvió para ejercer presión sobre la URSS, pero ahora su tiempo se agota. Desde una perspectiva histórica, el sistema de alianzas entre estados burgueses se ha basado desde 1945 en una jerarquía clara: Estados Unidos desempeñó un papel hegemónico militar y financiero, mientras que Japón, Corea del Sur, Gran Bretaña, Alemania, Italia, los Países Bajos y otros asumieron un papel secundario. Sin embargo, esta integración militar y subyugación política nunca ha estado exenta de conflictos.
El arsenal nuclear francés y la creación de la Unión Europea ya lo habían demostrado. Durante la guerra de Irak de 2003, Francia y Alemania se opusieron abiertamente a la invasión liderada por Estados Unidos, Gran Bretaña y, en menor medida, Japón. En 2025, Estados Unidos estaba dispuesto a sacrificar a su aliado ucraniano para llegar a un acuerdo con Rusia y centrarse en China. Ese mismo año, Trump declaró la guerra económica a Alemania, Francia y Japón, y anunció su intención de anexionarse Groenlandia e incluso Canadá. España acaba de desafiar a Estados Unidos en relación con Irán.
En Europa Occidental, el aumento del gasto militar nacional, el desarrollo de la industria armamentística de cada país y los debates sobre la "autonomía europea en materia de defensa" son consecuencias directas de esta evolución. Las acusaciones de Washington de que los estados europeos eluden la lógica de la guerra o «incumplen sus compromisos» no son juicios morales sino expresiones políticas de esta contradicción estructural. Por el contrario, las burguesías europeas explota la situación para legitimar el rearme y los recortes presupuestarios en el ámbito social, el adoctrinamiento nacionalista y militarista de la juventud y las restricciones a las libertades democráticas.
Las alianzas entre estados burgueses en la era de la decadencia capitalista son inestables y no se basan en absoluto en ideologías religiosas o políticas.
Un plazo límite para evitar la guerra mundial mediante la revolución social
El memorándum ofrece un respiro a las masas de Irán y la península arábiga. El abandono por parte de China de sus aliados en Venezuela e Irán demuestra que Xi aún no está en condiciones de desafiar al imperialismo dominante. La incapacidad de este último para invadir Irán prueba que Trump no puede, por el momento, declarar la guerra a China. La situación actual ofrece a la clase trabajadora de estas dos potencias y al mundo entero un respiro, la posibilidad de prevenir una guerra interimperialista mediante una revolución social.
Las contradicciones fundamentales persisten. Las fronteras nacionales obstaculizan las fuerzas productivas, el afán de lucro y el egoísmo nacional agravan la destrucción ambiental, la reacción crece en todas partes, los estados burgueses se están armando a gran escala y las potencias imperialistas se enzarzan en una lucha encarnizada..
Ni en Estados Unidos ni en Irán la clase trabajadora cuenta actualmente con una dirección política capaz de transformar las contradicciones económicas, sociales y políticas en una perspectiva revolucionaria autónoma. Precisamente ahí radica una de las principales dificultades de la situación actual.
Los trabajadores conscientes de todos los países deben rechazar cualquier ilusión de que alguna potencia capitalista pueda abrir un camino progresista en la era del declive del capitalismo. Ni el imperialismo estadounidense, ni el ruso, ni el chino defienden los intereses de la clase trabajadora. Su rivalidad es una expresión de intereses contrapuestos entre diferentes fracciones del capital a escala mundial. Toda intervención militar de una potencia imperialista busca, en última instancia, fortalecer la subordinación política y económica de los países semicoloniales y dependientes. La lucha contra tales intervenciones es un deber fundamental del movimiento obrero internacional.
Además, al defender a todos los pueblos contra la opresión y la colonización, y a todos los países dominados contra todas las potencias imperialistas, los trabajadores conscientes deben preservar su independencia de la burguesía y los estados. El Hamás palestino, el Hezbolá libanés, la Guardia Revolucionaria iraní, el MAS boliviano, el PSUV venezolano, las Juventudes Populares argentinas, el MORENA mexicano, el FLN argelino y otros son incapaces de derrocar la dominación imperialista. Dado que representan una fracción de la burguesía local, están condenados a aliarse con una u otra potencia imperialista, a dividir a su clase trabajadora y a reprimir a su propio pueblo, debilitando así la causa nacional.
La única perspectiva progresista reside en la lucha política independiente de la clase obrera contra todas las facciones de la burguesía y contra todos los campos imperialistas. Esto requiere la construcción de partidos obreros independientes de cualquier fracción burguesa, revolucionarios, y una nueva dirección internacional del proletariado mundial basada en el programa de la Internacional Comunista (1919-1923) y la Cuarta Internacional (1933-1940).
24 de junio de 2026
Colectivo de la Revolución Permanente