Dialéctica de la (desgraciada) Naturaleza

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1. La naturaleza, de la sociedad primitiva de cazadores al capitalismo

El ser humano es parte de la naturaleza, aunque a menudo lo ha olvidado. Cada civilización ha tenido una determinada relación con la naturaleza, condicionada por el modo de producción y por la estructura social. En efecto: la naturaleza forma parte de la cadena de producción y distribución de bienes útiles para la vida humana en cuanto que suministradora de primeras materias y para proporcionar el entorno vital en que esta vida discurre. Y esta relación civilización-naturaleza ha sido dependiente del tipo de sociedad, sus creencias y valores. .

Como consecuencia, en cada fase histórica ha existido una actitud de hecho - cuando no «teorizada» en forma religiosa o ideológica - hacia la naturaleza, basada en el supuesto de que la vida humana era posible, sin inconvenientes ni límites, en el marco de las relaciones productivas que su civilización imponía. Sin embargo, la naturaleza a menudo ha ido mucho más lejos de lo que los humanos han deseado y les ha mostrado su negatividad dialéctica. Ha habido grandes discrepancias entre aquello que los humanos deseaban que la naturaleza fuera y la manera en que la naturaleza, a menudo por la acción previa de los humanos, se ha comportado. De hecho, algunas civilizaciones se han debilitado o desaparecido por colapsar con el marco natural que las soportaba.

En épocas muy antiguas, cuando el modo de producción se basaba en la caza, se consideraba a la naturaleza desde el punto de vista de la provisión de alimento animal y vegetal silvestre; la humanidad perturbaba débilmente el entorno; aun así quedó la marca de desaparición de algunas especies animales. Fue una etapa muy larga de «comunismo primitivo», en que la sociedad estaba organizada en tribus y unidades gentilicias, sin la aparición de las clases sociales y el estado.

Más tarde, con la aparición de la agricultura, la acumulación de riquezas y la aparición de la sociedad de clases, la naturaleza acentuó su papel «económico» en cuanto que fuente necesaria de riqueza. La actitud hacia la naturaleza derivó hacia el deseo de buenas cosechas y de hacer circular los bienes producidos en el marco de la estructura de explotación correspondiente: predominantemente esclavista en las sociedades antiguas o de servidumbre feudal durante la Edad Media. Mientras que las prácticas mágicas y deidades de la época anterior se centraban en propiciar la caza, ahora se reza a las deidades para tener fertilidad y la religión sirve de justificación de los privilegios de las clases superiores, esto último directamente fruto de la estructura clasista de la sociedad. En esta etapa, la humanidad perturbó mucho más profundamente el marco natural, convirtiendo la vegetación primigenia en campos de cultivo y terrenos para la ganadería. A veces la naturaleza fue perturbada de tal manera que los terrenos se agotaron y algunas civilizaciones decayeron o desaparecieron, especialmente en el Oriente y el norte de África. El geógrafo griego Estrabón mencionaba que la península ibérica estaba llena de bosques desde Gibraltar hasta los Pirineos...antes de que la explotación ganadera y militar la convirtieran en el semi-baldío que, parcialmente, es hoy en algunas zonas. Aun así, aunque la naturaleza reaccionaba dialécticamente de manera opuesta a lo que se esperaba de ella, el impacto global de la humanidad sobre ella en esta fase todavía era, en muchos aspectos, soportable.

Con el advenimiento del capitalismo, las relaciones y la actitud practica- es decir descrita por los hechos, independientemente de cualquier verbalización interesada - hacia la naturaleza cambia radicalmente y el impacto de la civilización acontece de manera mucho más pronunciada. Ahora se trata de convertir los recursos minerales y animales, incluyendo a los propios seres humanos como «empleados», en elementos necesarios para la generación de plusvalía . En este marco y especialmente desde la segunda mitad del siglo XIX, la energía animal o humana como impulsora de las máquinas productivas es sustituida por la masiva combustión de carburantes fósiles. Minerales relativamente escasos se incorporan a mercancías producidas masivamente, amenazando cada vez más los recursos globales. Lo decisivo en esta época es la búsqueda del beneficio económico ilimitado. Para la burguesía, la explotación de la naturaleza no tendría que tener límite, como la avaricia del burgués. Por tanto, la representación capitalista de la naturaleza es la de un contexto en que la acción económica puede sacar beneficio sin ninguna limitación.

Esto se complica, además, por el hecho de que el impacto de la acción humana sobre el entorno es ahora de tal magnitud que ya no se puede considerar irrelevante desde una perspectiva planetaria, como acontecía en etapas precedentes. Este hecho ya fue reconocido ampliamente por el pensamiento burgués durante los años 70 del pasado siglo XX. (1)

2. El conflicto dialéctico en la naturaleza

La vieja dialéctica nos describe la contradicción que el hombre ha introducido en la naturaleza. Para la mentalidad capitalista la naturaleza «en sí» es toda una serie de materiales que, graciosamente, algún ser maravilloso o quizás la buena suerte, ha preparado para que se saque beneficio de ellos: los minerales se presentan para ser transformados y utilizados sin más; los petróleos para convertirse en combustibles fósiles...todo para el progreso y el beneficio económico del burgués. Incluyendo el proletariado. Pero la naturaleza no es esto. La naturaleza se manifiesta, como el contrario de esto: como la cuerda en la que colgarse el burgués, en forma de contaminación y carencia. El capitalismo en la naturaleza nos dirige directamente a la naturaleza del capitalismo.

La corrosiva dialéctica nos muestra, hoy como ayer, la oposición entre el aparentemente ordenado mundo de la burguesía y el infierno que hierve bajo ella y que nos puede tragar a todos. La contradicción entre la forma en que la burguesía considera la naturaleza y la reacción de ésta sobre la civilización nos indica cuál ha de ser nuestra actitud en este conflicto y cuál es el concepto futuro que debemos tener de nuestra relación con la naturaleza: el de un equilibrio en el marco de una sociedad donde se habrá sustituido la irracionalidad de la producción y consumo capitalistas por la racionalidad socialista.

3. De cómo la burguesía desvía el problema hacia su propio beneficio

Hemos remarcado que el actual estado de contaminación y de cambio climático deriva de las consecuencias nefastas de la acción del capitalismo hacia la naturaleza. Cuando el desastre medioambiental empieza a ser evidente para capas crecientes de la población, los cerebros burgueses destilan nuevos conceptos-defensa para desviar aquellas líneas de pensamiento....a ser posible para transformarlas en ¡nuevas fuentes de beneficio explotador!

Esto enlaza, además, con otro hecho, relacionado con el carácter depredador de la naturaleza del capitalismo: los ciclos de crisis económica por saturación de mercados, debido a la producción irracional y caótica de mercancías. La salida de estas crisis recurrentes siempre implica la destrucción masiva de capital, necesaria para abrir una nueva etapa de acumulación hasta la siguiente crisis. La versión «suave» de esta destrucción es la quiebra masiva de todo tipo de empresas, incluidas las de carácter financiero, con el consecuente cierre de fábricas y reducción de la producción. Y, cuánto no es suficiente, siempre queda el recurso de las guerras imperialistas, destructoras de infraestructuras, medios de producción y vidas. A estas alturas, la alarma medioambiental está siendo utilizada para intentar conjurar la amenaza de una nueva crisis económica mundial a base de grandes inversiones en infraestructuras financiadas con más deuda pública, que irán acompañadas de la liquidación (también subvencionada por el estado) de una parte de capital invertido en tecnologías y/o productor de mercancías «poco amigas del medio ambiente. Se trata también de crear nuevos espacios de mercancías «amigas del medio ambiente», que permitirían relanzar la actividad económica. La misma ONU, por boca de su presidente, ha animado recientemente en este sentido. Se abriría así un ancho espacio económico, a llenar con mercancías e infraestructuras, de una manera equivalente a compensar la destrucción resultado de una guerra.

Las leyes medioambientales que el capitalismo se ha visto obligado a generar recientemente son las que cree imprescindibles para continuar el pillaje de la naturaleza. Cuando se trata de limitar significativamente los beneficios en temas que tienen una incidencia medioambiental, aunque sea seria, la burguesía se niega a asumirlos de facto incluso de manera aparente o retórica, como acontece con los compromisos sobre el acuerdo climático (protocolo de Kioto, acuerdo de París, Cumbre del clima 2019). Aun así, a nivel microeconómico, cualquier empresa industrial, incluso la que fabrica productos más nocivos para los humanos, es susceptible de conseguir la «certificación medioambiental» mediante ajustes hipócritas a la legislación burguesa.

Entonces, la jugada maestra de las eminencias ecologistas del capitalismo es la siguiente: (a) culpabilizar al proletariado por el uso de la energía, la comida, el transporte etc.; con esto (b) desviar su conciencia del hecho de que es el capitalismo el único culpable de la crisis medioambiental y a través de una (c) falsa conciencia ecológica, socialmente transversal (como el feminismo transversal, el ciudadanismo transversal...). Y en definitiva dirigir a la población a consumir todo tipo de mercancías, materiales y «espirituales» de un cierto «reformismo ecológico», bajo el mantra de que es imposible cambiar el capitalismo.

En este sentido hay que señalar que ninguno de los movimientos «ecologistas» pretende la superación del capitalismo, solo la de algunos aspectos, de forma que pueda continuar si los efectos negativos de la agresión medioambiental desaparecieran. Propósitos , por cierto, totalmente delirantes. Movimientos como Green Peace o Extinction Rebellion critican de palabra y hecho algunas tropelías ecológicas del capitalismo, pero no plantean una alternativa al sistema, solo reformas para no pasar de ciertas líneas rojas. Otros movimientos como la «huelga de escolares contra el cambio climático» son fácilmente manipulados por un cierto ecologismo burgués transversal.

Si consideramos las posiciones políticas de los partidos políticos llamados «verdes» no encontraremos una diagnosis que permita concluir que hay que substituir el capitalismo por una forma diferente de sociedad. Más bien al contrario, encontraremos toda clase de recetas sobre cómo mejorar este o aquel otro aspecto de los impactos medioambientales del sistema. En el partido «Los Verdes», por ejemplo, incluyen como elemento de su ideario el «liberalismo verde», «variante del liberalismo que añade políticas verdes a su discurso ideológico». Muchos citan como gran cumbre intelectual de este pastel maloliente a M. Wissenburg, autor de la biblia del movimiento (2). Es fácil llegar a la conclusión de que de este tipo de movimientos no puede salir nunca ninguna postura que apunte a una critica real del capitalismo, porque precisamente está defendiendo su filosofía profunda, pretendidamente adaptada a las circunstancias actuales.

4. Algunas posiciones «marxistas» insuficientes

En el campo «marxista» normalmente las posiciones derivan de los escritos de los «padres fundadores», que ciertamente consideraron el tema sucintamente, evidentemente no en el contexto en que hoy nos encontramos, por motivos obvios. No pretendemos hacer aquí una valoración de las diversas posiciones. Pero si queremos considerar dos tendencias porque suponen, a nuestro entender, concepciones erróneas, que otros camaradas ya han criticado acertadamente (3).

Una tendencia tiene que ver con la critica del avance tecnológico y la recomendación de retroceder a contextos «naturales». Desde nuestro punto de vista, no hay que «retroceder» sino avanzar apuntando hacia un desarrollo tecnológico compatible con la naturaleza mínimamente perturbada pero también con la conservación de la especie humana. Y para llegar a esta deseable meta, necesitamos la tecnología: necesitamos energía renovable alternativa de manera masiva, sustitución de materias contaminantes derivadas del petróleo por otras...Todo esto en el marco de una racionalización global con consideraciones estratégicas con componentes, también, tecnológicos.

La otra tendencia, por el contrario, glorifica la tecnología y desprecia los planteamientos «ecologistas» como pequeño-burgueses. También aquí el error manifiesta una muy superficial comprensión de las ideas «marxistas». La contaminación y la agresión brutal a la naturaleza no son una frivolidad periférica del capitalismo, sino la consecuencia de este sistema económico en su propósito de obtener beneficios a pesar de que reviente el mundo. Consideremos la destrucción de las selvas amazónicas, la contaminación de los océanos por plásticos, el aumento de la temperatura del planeta y del nivel del mar, la contaminación del aire de las ciudades. Las consecuencias de estos hechos, que afectarán a los más pobres, y tanto más directamente cuanto más pobres sean, no son ninguna frivolidad. Por el contrario, minimizarlas tampoco es una frivolidad, más bien pasarse al campo del capital de la manera más vergonzosa: bajo el disfraz de «marxista».

5. La alternativa: más allá del capitalismo

«Naturalmente», es trabajo de los revolucionarios desmontar todos los mecanismos de engaño y mistificación antes mencionados, así como desarrollar las concepciones que nos pueden ayudar a construir una nueva sociedad. Porque lo cierto es que debemos desarrollar el nuevo marco que requerimos en las relaciones de la Humanidad, en el futuro. Este marco hay que contemplarlo inexcusablemente en la perspectiva de una sociedad colectivista, caracterizada por la desaparición de las clases sociales y por la democracia real, directa, ejercida en las unidades de convivencia y trabajo, internacionalmente federadas. Sería erróneo adoptar posiciones «ecologistas» al margen de la perspectiva de la critica y superación del capitalismo.

La causa de la crisis climática y ecológica es intrínseca al capitalismo, que se manifiesta cuando sus consecuencias llegan hasta los límites de tolerancia planetaria. El capitalismo, y solo el capitalismo es el culpable: al proletariado le corresponderá ejecutar la única sentencia posible.

Llegamos así en su punto esencial que hay que destacar: desde nuestro punto de vista: la única solución coherente y con posibilidad de enderezar el desastre producido por el capitalismo, es la destrucción de la estructura socio - política capitalista y su sustitución por un otra racional e igualitaria, regida por la democracia integral: el colectivismo, socialismo que integra las comunidades territoriales y sectoriales de trabajadores:

El poder internacional de los consejos obreros

Bajo este sistema social se podría acometer los cambios en profundidad que la humanidad requiere para garantizar su equilibrio vital y el de los otros seres vivos. Toda solución que no elimine la causa, es decir el capitalismo, es una solución ficticia que, en el mejor de los casos, atrasa en el tiempo algunos de los efectos del caos.

La concepción de la naturaleza que conviene a una sociedad como la que pretendemos crear tiene que caracterizarse por considerar la naturaleza como el marco donde debe desarrollarse armónicamente la vida de la humanidad y de todos los seres vivos. Obviamente, la humanidad ha de tener un impacto sobre la naturaleza; esto es inevitable debido entre otras cosas a su tamaño relativo respeto al entorno al planeta. Se trata de racionalizar y minimizar este impacto, de manera coherente con la supervivencia de la vida. Para lo cual habrá que resolver problemas mundiales relativos a la energía y fabricación de los productos de uso. Estos problemas solo tienen solución en el marco racional de una sociedad sin intereses egoístas de clase.

6. Qué hacer ahora

Teniendo claros los objetivos a largo plazo, se nos plantea naturalmente la cuestión de qué hacer en el presente. Ciertamente, no podemos sentarnos a esperar que venga una revolución que lo cambie todo. La cotidianidad plantea continuamente conflictos concretos a los que hay que dar respuesta. De hecho, estas respuestas se inscribirán en el proceso de transformación social. Por lo tanto se plantea la cuestión de cómo desarrollar un trabajo político coherente con la constitución del proletariado como clase consciente candidata al poder político.

Nuestras propuestas políticas tienen que evitar la fusión en frentes comunes con las fuerzas burguesas, incluyendo cualquier fuerza «de izquierdas» que colabore. Hay que preservar siempre la coherencia con los principios.

Cada defensa nuestra concreta del medio ambiente debe enfocar siempre a la causa productora, esto es al capitalismo y apuntar hacia el colectivismo, con soluciones inmediatas tácticas coherentes con él. Esta actitud no solo es la adecuada para la lucha medioambiental, también lo es para toda lucha parcial de la lucha de clases.

Y no olvidemos que la humanidad es también naturaleza, y su liberación apunta también a la superación del capitalismo.

M.Kobalto

I.K.C

Notas

  1. «Los límites del crecimiento», Club de Roma.(1972)
  2. »Green liberalism: the free and the green society», M.Wissenburg.
  3. Gruppe Klassenkampf, Austria: Programatische Grundlagen der GKK», tesis 70 -74